Murió Jorge Messi. A ver, no es que haya muerto, es que alguien dijo que murió. O sea, alguien lo dijo en Twitter. Más que alguien, algunos. No importa. Al final, es como decían los Tres Mosqueteros de Dumas: todos contra uno, y uno para que todos le peguen. Bueno, así no era, pero tampoco importa. El análisis y la indignación duraron horas, y se diluyeron por la lluvía que roció CABA durante todo el jueves. Para algunos por el sexto gol de Canadá ante una Qatar más floja de papeles que varios “profesionales” de la comunicación que ya se habían puesto la túnica de juez, para otros por el laburo, para otros por el pibe que les tocó la rodilla para venderles algo en el tren cuando iban con los ojos inyectados de satisfacción al ver que había alguien haciendo algo muy pero muy mal.
La indignación es selectiva, pero también es presa muchas veces del juez más injusto: la mayoría. Ahí, cuando todos apuntan con el dedo cargado de indignación, de bronca y de solemnes adjetivos (des)calificativos es cuando se genera el peor de los caos. Todos saben lo que sucederá a partir de que ese dedo se levantó, pero nadie puede saberlo con exactitud. ¿Qué tan lejos llegará? ¿Alcanzará para apuntar hacia el futuro y hacer algo con esa indignación? ¿Replanteará con su inmenso poder varios de los conceptos equivocados que nos programan? ¿Le brindará un cariño a ese chico del subte, o se le meterá en un ojo? El famoso dedo acusador de la gran masa, subestimado por quienes dicen ser libres de pensar lo que quieren, nos indica hacia donde mirar y hacia dónde no. ¿Acaso el periodista de ESPN que también publicó la "noticia" -a quien lejos estoy de atacar en esta línea- fue tan castigado como la afamada periodista Florencia Peña? Y sí, aunque ella diga que no trabaja de eso, sus acciones la tienen presa: trabaja, literalmente, de eso. Al menos, de conductora.
El ciclo viral obedece siempre a la indignación selectiva, cada día más efímera y más estupidizada. Es la indignación por la indignación misma. En un tiempo, más corto que largo, hablar de este tema será inutil, ya estaremos indignados con alguien más, o quizás fanatizados por el supercrack que juega en Nueva Zelanda. Quizás, si a partir del error de Peña se inicia un nuevo partido, hablaremos de la carta del, ahora sin ironías, supercrack de Costa de Marfil que honró a su hermana, fallecida con apenas 15 años, contando su historia. Otro escenario es que cuando esto se publique ya no sirva para nada. La mañana del 19 de junio puede traer un nuevo fenómeno viral que se meta en nuestro cerebro y nos haga olvidar de todo: los problemas de pareja, el trabajo, los amigos, la enfermedad, la felicidad, la muerte. Todo es todo. Antes de replantearnos, elegiremos volver a nuestro querido as bajo la manga: la indignación, ya no solo selectiva, sino que colectiva y de extrema necesidad para mejorar esta sociedad que se cae a pedazos, pero solo por el error de Moni Argento.
Mientras varios de los mentirosos de siempre se rasgan las vestiduras, buscan hacer leña del árbol caído y dan clases de periodismo cuando en su vida leyeron un manual de estilo, la rueda sigue girando, pero ya no la vemos: nos pasa por encima. Esa rueda es tan amigable y efectiva a la hora de hacernos pensar que nos olvidamos de las barbaridades profesionales que han cometido quienes ahora piden respeto y seriedad. Todos estos tuvieron que salir a pedir perdón alguna vez, o varias, o no salieron pero deberían haberlo hecho, que es peor. Hoy, están detrás del gigante dedo acusador de esta sociedad que se replantea sus males con las mismas ganas que levanta sus ojos del celular para mirar al pibe del tren.