Argentina perdió ante España y dejó la sensación de que con un poco de lo que lo llevó hasta la final podría haber ganado. Es ingrato, quizás, reprocharle algo moral a un equipo que llevó en sus espaldas miles de emociones, atravesó los momentos más duros, se repuso ante las adversidades y devolvió la Nuestra a las vidrieras grandes del fútbol mundial, pero la Selección de Lionel Scaloni, de Lionel Messi, de los 70 minutos contra Francia, los 90 ante Brasil con jueguitos del ícono Dibu Martínez incluidos, se traicionó a sí misma.
Luis de la Fuente, con un plantel plagado de buenísimos jugadores y un estilo más que definido, que lo llevó a ganar la Nations League y la Eurocopa, celebra de pie y, orgulloso, puede decir que ha jugado con la misma impronta futbolística todos y cada uno de sus duelos mundialistas, pero el pujatense difícilmente pueda hacer esa afirmación. En sus conferencias de prensa, el técnico argentino ha destacado que sus hombres compiten hasta el final, y nadie podría decir lo contrario de un grupo ganador como pocos y con varios nombres que entrarán al salón de la fama del combinado nacional, pero a diferencia de Qatar, donde dos pilares fundamentales como Leandro Paredes y Lautaro Martínez perdieron la titularidad, este equipo no ha sabido reinventarse entre partido y partido.
En aquella proeza en tierras qataríes, con Messi a la cabeza -el único que tenía el puesto asegurado, en palabras del técnico-, se jugaron los siete encuentros y nunca se repitió un once. Mac Allister, sin minutos en el debut perdedor, fue de arranque ante México. Fernández, tras aquel golazo, se instaló para nunca más salir. Álvarez, sin goles hasta su primera titularidad ante Polonia, hizo la diferencia en la presión y desplazó al 10 del Inter, indiscutido en la previa y cuarto máximo goleador histórico de la Albiceleste en la actualidad.
En Estados Unidos, con la jerarquía de los mejores, lease Julián, Lautaro Martínez, Enzo, Cristián Romero, Argentina se sobrepuso a varios pasajes donde el juego no apareció, y la prueba mayor de eso fue ante Egipto. De parcialmente eliminados, en menos de 15 minutos los campeones de 2022 le encontraron la vuelta para pasar a ser totalmente clasificados. Contra Suiza, rival de menor nivel en lo individual, el sometimiento fue similar al sufrido en la final. Tras la clasificación en tiempo extra, llegaron los cambios para medirse ante Inglaterra: afuera Rodrigo de Paul, adentro Giuliano Simeone.
En la definición el equipo argentino estaba disminuido físicamente, de hecho sus dos centrales titulares tuvieron que ser reemplazados durante el partido, pero las pocas variantes para afrontar ese cansancio durante el mes y medio de competencia son la causa del agotamiento, y allí reside la traición argentina. En un Mundial con grandísimos equipos y con una competitividad muy alta, Scaloni utilizó muy pocas variantes, y nunca pudo desprenderse de rendimientos muy bajos para ser fiel a su lema de que juega el que mejor está. Gonzalo Montiel, de un nivel más que regular en la final, fue reemplazado ante España por Nahuel Molina, de un nivel mucho menos que regular durante casi toda la Copa del Mundo. Los otros dos cambios tácticos fueron Paredes por Nicolás González, para arreglar un planteo inicial que pareció no salir como se esperaba, y Simeone por De Paul.
Thiago Almada, que inició como titular en este mes y medio frenético, cayó en la consideración hasta dejar de ser utilizado, a excepción del alargue ante los suizos. Giovanni Lo Celso, guerrero de mil batallas de la era Scaloni, tuvo su soñado debut ante Jordania, pero todo quedó ahí. Nico Paz, elogiado repetidas veces por el DT, vio acción ante Argelia y en el último encuentro de fase de grupos. Para uno de los mejores jugadores de la Serie A, parece ser poco y nada. Valentín Barco, crack de 21 años, flamante refuerzo de Chelsea, y un mediocampista completo de los que caracterizan el juego argentino, casi no estuvo en consideración.
Scaloni, que ha restado importancia a su rol en varias conferencias de prensa, dando a entender que él se encarga de poner a los jugadores y ellos hacen el resto, fue el ideólogo de un proyecto de Selección con nuestra impronta, sin mirar a los de afuera. Cuando todos hablaban -hablabamos- de las lógicas superadoras de los proyectos alemanes, o de los franceses, el joven inexperto, y un tal Cesar Luis Menotti, eligieron morir con la Nuestra, y vaya manera de morir: conquistaron un Mundial, dos veces la Copa América y una Finalissima. Pionero de las relaciones socioafectivas como pilar del juego más famoso del mundo, no pudo encontrar las soluciones a los bajos niveles de sus jugadores más queridos. Vale la aclaración, no son los más queridos por su amistad o sus chistes, se lo han ganado todo adentro de la cancha, donde todo cuesta y vale diez veces más.
El partido ante España parece haberse definido, además de por el gran juego de los europeos, por el cansancio físico de unos sudamericanos que agotaron el crédito extra que da el orgullo y la chapa de campeón hasta caer derrotados. Sin embargo, el final dejó algo en claro: con un poco más de Argentina, con un poco más de todo eso que lo llevó a construir este camino impensando para cualquier selección, la historia podría haber sido otra. A un gol en los 90, y a catorce minutos de ir a penales, así de cerca estuvo la hazaña. Hoy, para una chance por el primer bicampeonato, habrá que esperar, como mínimo, hasta 2034.