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Argentina, un equipo atado con alambre que se desinfló con cada épica

Durante este Mundial, el seleccionado regaló emoción, epopeyas, lágrimas, el éxtasis de dar vuelta un resultado sobre el final, el triunfo en un partido memorable volumen II, pero que, a medida que transitó por el certamen, se fue abatiendo. Como un boxeador que llega desfigurado al último round.

Texto
Federico Bajo
Publicado
21 de julio de 2026
Lectura
5 min de lectura
Imagen de la nota: Argentina, un equipo atado con alambre que se desinfló con cada épica

Transcurridos dos días se puede afirmar: el final era previsible. Aunque dañe el ego. Argentina, durante este Mundial, fue un equipo bien argentino, bien atado con alambre que se fue desinflando épica tras épica. Que regaló emoción, epopeyas, lágrimas, el éxtasis de dar vuelta un resultado sobre el final, el triunfo en un partido memorable volumen II, pero que, a medida que transitó por el certamen, se fue derrumbando. Como un boxeador que llega desfigurado al último round. Tras el tropiezo ante los españoles, Lionel Scaloni dijo que habían dejado todo y no había nada para reprochar. Tenía razón. En el sentido literal. El seleccionado terminó extenuado en el campo de juego ante España. Vendió cara la derrota, es cierto. Pero no le quedó, porque no tenía, nada más.

El camino desandado resultó tan sinuoso que hacía impensable alcanzar la final apenas unos partidos antes. Muchos argentinos se vieron afuera del torneo en octavos ante Egipto, que estuvo a minutos de consumar un cachetazo inédito del que rescató al equipo la jerarquía y la guapeza. Fue un aviso. Había indicios evidentes de que algo no era como antes. Por supuesto que nada opaca la alegría popular generada en medio del frenesí luego de cada clasificación. Pero ahora, bastantes horas después de la derrota, con la mente fría, encontrar una explicación al derrumbe de la ilusión resulta sencillo, casi un cliché: a la Argentina le faltó fútbol. Porque con fútbol solo no alcanza, pero sin fútbol es imposible.

Los jugadores se lamentan luego del gol de Ferran Torres que le dio el título a España

Y en la final, este equipo supercampeón, de una competitividad y un amor propio que pocas veces se ha visto, quedó desnudo. Enfrente había un señor rival, quizá el mejor que le tocó enfrentar a esta selección en el ciclo Scaloni, y no se pudo por jerarquía ni por épica. Por juego ya no se podía. Desde la fase de grupos en adelante no se había podido. El espejismo de los últimos minutos ante Inglaterra, cuando resurgió la ilusión de que había regresado el seleccionado de hace un tiempo, fue tan solo eso. No volvió a aparecer. A la Argentina se la sintió inferior durante toda la final, impotente como hacía años no sucedía.

A la Argentina le faltó fútbol. Porque con fútbol solo no alcanza, pero sin fútbol es imposible

Aun así, el fútbol, tan caprichoso e indomable como siempre, pudo haber modificado la historia. A España le llevó 106 minutos y once atajadas de Dibu Martínez para hacer un gol, pero Argentina podría haberlo empatado con el remate de Giuliano Simeone en la última acción del partido; o minutos antes, en el centro que despejó al córner Pau Cubarsí. Nada de eso sucedió, y fue lo justo. También era lo esperable.

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La mayor derrota de Argentina no fue el resultado, sino la imposibilidad de haber dado lo que todos vieron durante años y saben que este equipo podía dar. Caerle en este momento a Scaloni por un supuesto planteo de inferioridad sería ignorar una realidad. Lejos de excusarse, el DT deslizó los motivos minutos después de la caída, en la conferencia de prensa: “Tengo un montón de cosas para decir de cómo llegamos acá, pero no vale la pena. Agradecimiento eterno a estos chicos que llegaron a otra final y compitieron”.

Que la entrega sea lo principal que haya destacado el entrenador sobre un equipo repleto de números diez y que ha llegado a representar la esencia del fútbol argentino habla mucho de lo que no se vio en la cancha. De lo que faltó ese domingo. Y el gran motivo fue la inferioridad física que afectó a este plantel desde antes del Mundial. Si en Qatar Scaloni acertó al hacer cambios sorpresivos sobre la hora, esta vez mantuvo a los elegidos que le habían dado la gloria aun cuando no estaban en condiciones. Él mismo lo reconoció luego de la victoria ante Suiza: "Hace un mes y medio el panorama pintaba feo y hoy podemos decir que estamos en semifinales. Es gracias a los jugadores, porque si no hubiera confiado en que podían estar a la altura, habría tomado otras decisiones. Había pensado en cambiar a varios”.

Si el domingo la victoria hubiese caído de este lado y las lágrimas de Messi, en vez de tristeza, hubieran sido infladas de alegría, la película habría tenido el final perfecto

No merece condena por eso Scaloni. Fue una decisión en la que puso por encima valores más trascendentales que ganar o perder. La comunión del grupo, eso sobre lo que tanto habló durante estos días, en especial tras anunciar que no seguiría en el cargo luego de diciembre, por encima de todos. Devolver la confianza a quienes le brindaron su confianza cuando esta historia comenzaba. Ser leal a los suyos, un valor bien argentino también. Es cierto, en el camino Scaloni quizá pudo haber recurrido a Nico Paz, Valentín Barco o Giovani Lo Celso para recuperar eso que no encontraba con De Paul, Enzo Fernández y Mac Allister. Decidió que no. Mal no le fue, porque llegó hasta el final.

Buscar explicaciones sobre la derrota argentina por fuera de este aspecto sería complejizar un deporte sencillo, que aun con los avances tecnológicos y la hiperprofesionalización, no perdió el espíritu con el que nació. Ni aun cuando partieron los dos tiempos en cuatro.

Cabe también un sincericidio: si el domingo la victoria hubiese caído de este lado y las lágrimas de Messi, en vez de tristeza, hubieran sido infladas de alegría, la película habría tenido el final perfecto. Y eso, casi siempre, solo pasa en las películas.

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