Este artículo no es una crítica hacia Lionel Messi. El rosarino integra un imaginario ranking de futbolistas que más hicieron disfrutar a quien suscribe esta nota. Si el talento fuera algo tangible y medible, probablemente Leo hubiera roto el aparato. Pero hay algo que rodea a Messi, y que no tiene que ver con una construcción propia, que es nocivo. Así como una obra artística deja de ser del autor una vez que es interpretada por la gente, Messi, que es un hombre y una obra en sí mismo, también fue cooptado por el público para ser interpretado sin preguntarle si deseaba esa interpretación sobre su figura.
Durante el día de su cumpleaños 39 han proliferado videos, textos, fotos y homenajes en diversas formas para el capitán de la selección argentina. Esos reconocimientos (no todos, pero sí una gran mayoría), no solo tuvieron en común deseos y felicidades, sino que también estuvieron impregnados de un mensaje peligroso sobre la meritocracia.
Para miles de personas (incluso muchos no argentinos), Leo representa un ejemplo de superación, sacrificio, sufrimiento. Es cierto, de chico tuvo que someterse a un complejo tratamiento de crecimiento y aquí nadie va a cuestionar lo traumático o difícil que pudo haber sido eso para Messi que, aunque hoy se parece más a un superhéroe, por entonces era un niño. Lo que sí hay que cuestionar y desarmar es esa máxima que pone al Diez como un camino a seguir porque (y discúlpenme aquellos lectores más crédulos) no debería ser ejemplo de meritocracia.
Esperen. Antes de que la indignación los arrastre con la fuerza de una ola les propongo que se predispongan a reflexionar en torno a la figura de Messi. Cuando se lo enaltece y se resalta su éxito en la selección, inmediatamente se contraponen sus primeros años con la camiseta celeste y blanca, marcados por las decepciones futbolísticas. Las razones que encuentran muchos para explicar ese cambio de paradigma hablan de sacrificio, resiliencia y esfuerzo. Y claro que hubo mucho de eso, pero fundamentalmente hubo un contexto y un sistema que lo ayudaron. En este caso, el gran responsable de ese entorno fue Lionel Scaloni y también Dibu Martínez, Cuti Romero, Rodrigo De Paul, Ángel Di María, Julián Álvarez y la lista puede seguir porque nadie gana (ni se salva) solo. Si vamos más atrás en el tiempo, el contexto fue una asociación civil, Barcelona, que se hizo cargo de costear su tratamiento de crecimiento.
También hay algo que aparece en el reconocimiento de algunos sectores sociales a este Messi exitoso y es el énfasis en el sacrificio y sufrimiento que atravesó, como si para conseguir algo en esta vida primero hay que pasarla mal. Ese mismo mensaje se replica en varios estamentos y por supuesto que se exacerba en el discurso que pregona el Gobierno de Javier Milei. Y como todo tiene que ver con todo, tampoco es casualidad que Messi sea el futbolista cuya figura fue apropiada para mostrar de ejemplo en detrimento de Diego, el otro zurdo que maravilló al mundo.
Hay algo que aparece en el reconocimiento de algunos sectores sociales a este Messi exitoso y es el énfasis en el sacrificio y sufrimiento que atravesó, como si para conseguir algo en esta vida primero hay que pasarla mal.
Para dimensionar lo perjudicial que puede ser ese mensaje que alienta el sacrificio vale preguntarse, entonces, si Gonzalo Higuaín, Javier Mascherano, Fernando Gago, Javier Zanetti y otros tantos cracks que no lograron ningún título con la selección no se esforzaron o no sufrieron lo suficiente. Y también podríamos ir más allá y mirar a nuestros alrededores, en la cotidianeidad. ¿Acaso no se esfuerzan los millones de laburantes que comienzan su día muy temprano con la ilusión de un futuro más próspero que nunca llega? ¿Tampoco se sacrifican los casi 6 millones de trabajadores informales que hay en el país para merecer un empleo registrado?
En un sistema capitalista e individualista que profundiza desigualdades, el “éxito” o la “gloria” no son bienes asequibles para todos. Por eso Messi es, como muchos de los lectores de esta nota en distintas escalas, un privilegiado del sistema. Un sistema que al mismo tiempo impide que haya otros Messi. Y no, no me refiero a otros con el mismo talento porque eso está claro que es único, pero ¿cuántos pibes quedan en el camino de ser futbolistas porque sus familias ni siquiera pueden costear las necesidades básicas? Incluso, con un Estado cada vez más ausente, ¿cuántos Messi nos estamos perdiendo? Entonces, antes de repetir discursos vacíos, vale la pena reflexionar. Si "el sentido común de hoy" sostiene que para lograr algo primero hay que sufrir, conviene recordar que el sentido común suele ser el sentido a favor del sistema.
Por eso Messi es, como muchos de los lectores de esta nota en distintas escalas, un privilegiado del sistema.
Por eso esta nota no es en contra de Messi, que a los 39 años sigue arrancando aplausos y ovaciones como nunca antes porque -no está de más recordar- cuando las medallas y trofeos no estaban en la manos de la Pulga, como en 2015 y 2016, no era ejemplo de nada. En ese momento, el esfuerzo no era suficiente. Hoy él no tiene la culpa de que algunos se hayan apropiado de su figura para dar un mensaje dañino de meritocracia. Ya lo cantó y popularizó Wos, otro exitoso que aún siendo exitoso es consciente que él tuvo las posibilidades que a tantos otros se les habían negado, “no hables de meritocracia, me da gracia, no me jodas, que sin oportunidades esa mierda no funciona”.