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Reporteros

Messi, Artaud y un clip

El fenómeno argentino camina mucho, corre lo necesario y juega con la cabeza fría y el corazón caliente: es el mejor de todos en el Mundial 2026. Una explicación ilógica para un genio absurdo.

Texto
Matías Besana
Publicado
22 de junio de 2026
Lectura
4 min de lectura
Imagen de la nota: Messi, Artaud y un clip

Lionel Messi es un olvidado sueño de un dramaturgo loco al que decirle viejo sería pintarlo joven y llamarlo cuerdo la peor deshonra. Antonin Artaud, poeta destructor y de alma surrealista aunque André Breton dijera lo contrario, nunca lo mencionó, jamás le dio vida en una obra y ni siquiera lo presumió, pero en alguna noche lo fantaseó exacto: un actor capaz de crear cada noche una obra distinta

Pese a que los ingleses se hayan apropiado de una idea guaraní y presentado un papel con reglas, Artaud también inventó el fútbol, solo que en una picardía dadaísta lo llamó teatro. El nombre, que es tan arbitrario como cualquier dictadura, poco importa porque el concepto aplica para ambos: (el teatro, el fútbol) debe ser la vida y alcanzar las regiones más profundas del individuo: zonas tan enterradas que solo las puede desenterrar un gol, el más feo o el más lindo, pero con la violencia de suceder en el último minuto. 

El teatro -ya es una obviedad que, al menos en este texto, es sinónimo de fútbol- es más que la obra de un compositor. Es un lenguaje mayor que cualquier otro: un idioma de amagues, de gestos, de pases y de piques por el que Messi fluye como nadie lo hizo antes. 

Por no tener a la Pulga, Los Cenci, la última puesta en escena del francés, fue un fracaso de 17 presentaciones a sala casi vacía. Por tenerlo, sus clubes agotan sus talonarios, amplían sus estadios y aún así nunca dejan de quedar condenados a ver tanto aura por la televisión. 

Messi es el mejor actor porque crea las obras más bonitas, pero inigualable porque las consigue de mil maneras diferentes. Cada partido, una obra distinta: prohibido repetir. Sentarse a verlo, además de una obligación de buen gusto, es esperar hasta que sorprenda con un truco diferente.

Lionel Messi llegó a 18 goles en Mundiales y dejó al alemán Miroslav Klose en segundo lugar (16)

Y Artaud, que no casualmente escribió Teatro de la crueldad, situó al genio del pensamiento divergente en la hora de los jugadores-robot: futbolistas que cuando no son capaces de descifrar los planteos del rival -lo que cada vez sucede más a menudo- se acercan a la línea de cal y le piden a una flamante inteligencia artificial las respuestas que no se les ocurren. Por costumbre, a esa inteligencia la llamamos directores técnico. 

El uruguayísimo Obdulio Varela, emblema del único Maracanazo, dijo antes de la final frente a Brasil por el  Mundial de 1950 que “los de afuera son de palo”. En la edición de 2026, parece que los de palo son los de adentro. Portugal, que tiene una mitad de la cancha similar a una constelación, pasa la pelota 783 veces, pero solo siete encuentra a un compañero dentro del área. Con el partido 1-0, adormece el ritmo de juego hasta que su propia defensa entra en letargo y República del Congo empata: 1-1. Con la paridad, nada cambia: los lusos la pasan, la pasan y la pasan hasta que termina el partido. 

España, que igualó ante Cabo Verde, meció la pelota por todo el ancho de la cancha hasta que entró Lamine Yamal. En poco más de 20 minutos, el catalán de Esplugues de Llobregat realizó cinco gambetas, más que todos sus compañeros titulares. Contra Arabia Saudita, abrió la goleada por 4-0. Casualmente, juega de Messi en Barcelona

El rosarino ya no conserva en las piernas la velocidad de su juventud, pero sigue igual de inalcanzable porque piensa diferente. Es un niño con un clip: alguien capaz de encontrarle a cualquier elemento 200 usos diferentes e igual de válidos, mientras que los adultos hacen malabares para llegar a diez. Con la pelota, en su órbita o en sus pies, los destinos del clip parecen pocos

La última alucinación de Artaud, cantada por Luis Alberto Spinetta y encarnada en la cancha por Messi, discute, al igual que el vino, ni más ni menos que la lógica del tiempo: “Aunque me fuercen, yo nunca voy a decir que todo el tiempo por pasado fue mejor. Mañana es mejor”.


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