A pesar de las dificultades que ocasiona enfrentarlo, a pesar de que puso en vilo a la Argentina en la final de Qatar, a pesar de sus gestos y declaraciones tras el triunfo ante Paraguay, que a algunos pudieron haberles parecido arrogantes, a Kylian Mbappé es difícil ponerlo en el lugar de villano, de rival detestable. El prodigio francés genera simpatía fuera de la cancha porque rescata cuestiones intangibles que rememoran al estado más primitivo del fútbol. El heredero de Messi no solo se erige como la estrella máxima del deporte durante este y los próximos años, sino que también resulta un último bastión de resistencia en un fútbol cada vez más cooptado por el negocio. Mbappé es el amateurismo y la pasión pura en tiempos de hiperprofesionalismo y encarna una rebeldía que no han podido o no han querido encauzar las máximas estrellas mundiales en las últimas décadas. Es también, una máquina preparada para ganar. "Acá en la cancha, no hay lugar para los sentimientos", dijo cuando le preguntaron por su amistad con Hakimi luego de haber eliminado a Marruecos en los cuartos de final.
Contestatario, de convicciones firmes, con una clara ideología de izquierda y antifascista, Mbappé resulta, además de una estrella deportiva, un cuadro político en tiempos en los que los líderes políticos que abundan son reaccionarios de extrema derecha. Juega en la cancha y de maravillas, pero también toma partido fuera del campo de juego en temas sociales. “Usted es una mujer despreciable e indigna de su cargo. No representa a Paraguay, ese país que ha derrochado pasión y honor a lo largo de toda la competencia. Jamás permitiré que personas como ella tengan la libertad de difundir su odio y racismo por todo el mundo", le respondió, haciendo propia la lucha contra la xenofobia y el odio racial, a la senadora paraguaya Celeste Amarilla, quien lo había atacado luego de vencer al seleccionado de Gustavo Alfaro.
“Más que nunca, hay que ir a votar. Es realmente urgente. No podemos dejar el país en las manos de esa gente, es realmente urgente”
Lúcido como cuando recibe la pelota, el francés baja su mensaje cada vez que puede. "Menos mal que no estabas del otro lado”, le contestó, en broma, a un periodista que le dijo “acá, a tu izquierda” antes de hacerle una pregunta en una conferencia de prensa tras el debut de Francia en este Mundial. “Más que nunca, hay que ir a votar. Es realmente urgente. No podemos dejar el país en las manos de esa gente, es realmente urgente”, pidió durante la Eurocopa de 2024, luego de que el partido de derecha Reunión Nacional (RN) se impusiera en la primera vuelta de las elecciones legislativas.
En la antesala de la Copa del Mundo, el diez de Les Blues reivindicó ese pedido en una entrevista con la revista Vanity Fair. “Me afecta, sé lo que significa y las consecuencias que puede tener para mi país cuando gente como ellos llega al poder”, aseguró sobre Marine Le Pen, referente de la derecha francesa e hija de Jean-Marie Le Pen, político y ex líder del Frente Nacional que antes del Mundial 1998, que organizó su país y en el que obtuvieron el primer título, vomitaba xenofobia: “Es artificial que hagamos venir jugadores extranjeros para bautizarlos como equipo de Francia. La mayoría no lo canta, o visiblemente no se saben La Marsellesa”.
Pero su batalla no es solo contra el avance de estos sectores políticos. Mbappé también es consciente de su rol como jugador-ídolo-referente, alguien a quien millones de niños -varios que crecieron en barrios vulnerables como él- se quieren parecer. “Aunque seamos futbolistas -remarcaba en la mencionada entrevista-, ante todo somos ciudadanos. No estamos desconectados del mundo. No estamos desconectados de lo que sucede en nuestro país. A veces la gente piensa que, como tenemos dinero y somos famosos, este tipo de problemas no nos afectan”. Por eso, desde que empezó a llevar la cinta de capitán de su equipo, tras las salidas de Hugo Lloris y Antoine Griezmann, encabezó una disputa contra la Federación por haber usado su imagen y la de otras figuras como Michael Olise, Rayan Cherki, Désiré Doué y Ousmane Dembélé, para una publicidad de apuestas deportivas. También se opone a promocionar comida rápida. El francés no quiere que su imagen quede asociada a eso. “Somos la selección de Francia, inspiramos a mucha gente, y muchos venimos de barrios humildes, donde destruyen a un sinfín de vidas”, explicó su postura en 2024 en una nota con Clique.
Su brillantez y rebeldía ante sectores de poder cuando está en lo más alto del mundo recuerdan inevitablemente a Diego Maradona, indomable por naturaleza, aunque más verborrágico y contradictorio que el crack francés.
Su brillantez y rebeldía ante sectores de poder cuando está en lo más alto del mundo recuerdan inevitablemente a Diego Maradona, indomable por naturaleza, aunque más verborrágico y contradictorio que el crack francés. Un video que circuló en los últimos días en una entrevista que le hicieron de niño lo asemeja aún más. “En la historia, los mejores (futbolistas franceses) fueron negros y árabes, aparte de Platini, Cantona”, dice ante la cámara. Sorprende la lucidez que manejaba por entonces.
Aunque, detalle no menor, Mbappé es producto de una búsqueda propia por ser el rey. No hay quien lo haya conocido de chico que no recuerde la confianza que se tenía ese niño de que iba a llegar a la cima. Siempre lo repetía. "No era como los demás; tenía una agilidad mental extraordinaria. Era un líder en clase, inspiraba a los demás y odiaba la injusticia”, lo describió su profesora de francés, Nicole Lefebvre, en una nota con Le Parisien. También, coinciden todos, era un niño hiperactivo e incontrolable. Por pedido de sus padres, en la escuela le hacían un seguimiento diario del comportamiento.
Ese pequeño indómito trasladó esa característica a los campos de juego y lo sufren los defensores rivales, en especial cuando tiene espacio para correr. Esa forma de juego, hoy más pulida, empezó a desarrollar en su niñez con la camiseta del Association Sportive Bondy, donde jugó entre los 5 y 14 años bajo la dirección técnica de su padre, Wilfried, nacido en Camerún. Allí, en aquel suburbio parisino de inmigrantes, Mbappé pasó gran parte de su vida hasta que se lo llevó el Mónaco y se proyectó como futbolista jugando a dos cuadras de su casa, en el humilde estadio Léo-Lagrange, que debe su nombre a un socialista impulsor de derechos básicos como las vacaciones pagas, el ocio y el deporte.
Aunque indomable él, Kylian parecía tener el destino escrito.