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Reporteros

Djokovic y Messi, genios que escriben, leen y borran

Jorge Luis Borges decía que uno es un genio por lo que lee y no por lo que escribe, pero en el planeta de los dos más grandes deportistas de la historia ellos dictan sus propias reglas.

Texto
Matías Morales
Publicado
8 de julio de 2026
Lectura
3 min de lectura
Imagen de la nota: Djokovic y Messi, genios que escriben, leen y borran

Los homosapiens aparecieron hace aproximadamente 300 mil años, pero Lionel Messi y Novak Djokovic, el 1 y el 2 de los mejores deportistas de la historia, transitaron más de dos décadas de carrera profesional para, el 7 de julio de 2026, convivir en el mismo mundo. Uno con la raqueta y el otro con los botines, se unieron en canchas de pasto para encontrarse en su planeta, desconocido para todo el resto de los mortales y donde, según quien sea el San Pedro de esa tierra de elegidos, podría entrar también Michael Jordan.  

Uno en la Copa del Mundo, el torneo de selecciones con más tradición de la historia del fútbol, el otro en Wimbledon, el torneo con más tradición de la historia del tenis. Egoístas, como todos los genios, decidieron salir a escena en simultáneo, casi disputándose el centro de la escena. Leo es el máximo goleador de la historia de los mundiales (21, con 15 en los últimos dos); Nole tiene muchísimos puntos y es el máximo ganador de Grand Slams de la historia (24, no gana desde US Open 2023).

Nacidos ambos en 1987, bendito año, tuvieron infancias desdibujadas, engorrosas. Viéndolo con los ojos de aquel momento, diría que rompieron los prodes de todos sus conocidos. Son famosas las fotos del serbio entrenando en canchas de cemento de una Yugoslavia bombardeada. También famosa es la historia de un chico con un crecimiento antinatural, que necesitó ser bombardeado con un tratamiento hormonal que lo ayudara a desarrollarse. Srdjan y Dijana, papá y mamá del tenista, trabajaban en una pastelería en Kopaonik, a cuatro horas de Belgrado, la ciudad capital. Jorge y Celia, en Rosario, hacían lo propio en una metalúrgica y en un taller de bobinas magnéticas, respectivamente.

Hoy, parecen inabarcables en sus deportes. Sus propios entrenadores, o coaches, palabra más común en el tenis, no tienen nada para acotar ante la genialidad de dos tipos que se mueven por sus instintos, que cambiaron su alimentación para alcanzar su pico de rendimiento y sostenerlo en el tiempo, y que a sus 39 años son adictos a ganar. Lionel Scaloni, post victoria épica ante los africanos, aniquiló todas las posibles respuestas ante la incógnita de cómo habían construido la remontada desde el cuerpo técnico: “Tenemos buenos jugadores. Los ponés, les decís tres o cuatro cosas y ya está”. Días antes, en otra conferencia de prensa, le preguntaron sobre las indicaciones que le daba a la Pulga, pero su risa casi incrédula bastó para entender que no había nada que decir. Andy Murray, rival durante años y “maestro” por un ratito, repasó con gracia su estadía al mando del box de Novak: “Probablemente no haya aprendido nada de mi”.

Cuando Nole entró al Court Central, donde levantó siete veces el trofeo más dorado del mundo, eran alrededor de las 13:30, y Argentina ya había sido golpeada por Yasser Ibrahim, el número 2 de Egipto. Cuando terminó el supertiebreak del quinto set ante Felix Auger-Aliassime -tercer preclasificado-, cinco horas y catorce minutos después, Colombia y Suiza estaban por agotar el tiempo regular en el encuentro que definía al rival de la Selección, clasificada después de que el 10 sumara una asistencia y un gol a su interminalbe lista de estadísticas. En conferencia de prensa, el serbio bromeó al respecto cuando fue consultado por su longevidad y la del futbolista: “A mi también me gustaría jugar 90 minutos”. Ambos tuvieron su propio acto, eclipsaron el sol del retiro una vez más y hasta parece que se coordinaron para hacerlo, así como para nacer con 33 días de diferencia en aquel bendito 1987.

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