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Reporteros

Congo, todavía peligroso

Con Patrice Lumumba en la tribuna y Yoane Wissa y Cédric Bakambu en la cancha, República Democrática del Congo reivindica su pasado, denuncia el presente y avanza en el Mundial 2026.

Texto
Matías Besana
Publicado
28 de junio de 2026
Lectura
8 min de lectura
Imagen de la nota: Congo, todavía peligroso

Primero, lo arrestaron. Después, lo golpearon y lo maltrataron. Lo ejecutaron. Lo enterraron. Sin embargo, el policía Gerard Soete decretó que el espíritu del hombre podía contagiar su espíritu independentista a todos los gusanos de la tierra. Entonces, lo exhumaron, lo movieron 200 kilómetros y lo sepultaron aún más profundo. Y a Soete tampoco le gustó: allí seguía siendo peligroso. La orden, que le habían elevado desde Bélgica, fue “hacerlo desaparecer de una vez por todas”. En consecuencia, él tomó las armas y viajó “a las profundidades del infierno”: sierras, ácido sulfúrico, máscaras faciales y whisky.

Todos creyeron que de Patrice Lumumba solo había quedado un diente dorado. Pero pasaron 65 años y el tipo ahí está: en Norteamérica y en el Mundial de fútbol, pegadito a su República Democrática del Congo. Vive, firme como sus convicciones, en las personificaciones estilo estatua del artista Michel Kuka Mboladinga, quien acompaña a su elenco nacional desde 2013.

Mboldinga continúa una lucha que Lumumba no comenzó, pero sí que encabezó. El líder independentista le dijo al rey Balduino, quien en su discurso de retirada de su gran colonia elogió el espíritu “civilizador” de su nación, que su país no había hecho otra cosa más que imponer por la fuerza una “humillante esclavitud”. La prensa belga lo describió como un ladrón analfabeto, pero no repasó la historia. 

Michel Kuka Mboladinga interpreta a Patrice Lumumba desde 2013.

Así diría un breve resumen: Leopoldo II impulsó la Conferencia de Berlín de 1884-1885, en la que los europeos se distribuyeron territorios africanos como si nadie los habitase, y se repartió con Francia las tierras aledañas al río Congo. Con los argumentos más berretas, convirtió un terreno sesenta veces mayor al de su patria en su propiedad privada y movilizó 19.000 soldados de la Fuerza Pública, que aplicaban el más cruel de los protocolos: asaltaban a una aldea, secuestraban a las mujeres y a las niñas y les ordenaban a los hombres ir a la selva hasta recolectar cierta cuota de caucho. La pena, por supuesto, era de muerte. Un poco más leve era la mutilación de algún miembro, aunque Leopoldo II lo negó ante la consulta de la biógrafa británica Barbara Emerson: “Cortar las manos es algo idiota. Yo les cortaría todo lo demás, pero no las manos. Eso es lo único que necesito en el Congo". No más preguntas, señor juez. 

“Cortar las manos es algo idiota. Yo les cortaría todo lo demás, pero no las manos. Eso es lo único que necesito en el Congo".

Hasta 1960 se demoró la revolución. Lumumba fue rescatado de la cárcel por su pueblo y fue elegido Primer Ministro. No obstante, sus ideas progresistas y un tímido acercamiento a la Unión Soviética bastaron para que Estados Unidos impulse su desaparición y la asunción de Mobutu Sese Seko. 

El dictador no dejó fechoría sin inventar, cambió el nombre de su país a Zaire y aprovechó el deporte para lavar su imagen. Por un lado, compró el boxeo y Kinshasa, actual capital del Congo, fue epicentro del mundo durante los ocho rounds que Muhammad Ali demoró en noquear a George Foreman para recuperar el cinturón global de peso pesado. Antes, se había frustrado con el fútbol. Los Leopardos, ganadores de la Copa Africana de 1974, clasificaron ese año y por primera vez al Mundial de Alemania. Tras perder frente a Escocia por 2-0 y caer contra la impiadosa Yugoslavia por 9-0, Sese Seko fue claro: si el equipo sufría más de tres tantos, nadie podía volver al país. El resultado fue 3-0. Los futbolistas regresaron a sus casas y se convirtieron en prisioneros, dado que el régimen les prohibió toda transferencia al exterior.


La Selección de Zaire, en el Mundial de Alemania 1974.

Mboladinga-Lumumba, pantalón de sastre celeste, traje rojo furioso y camisa amarilla, los colores de su bandera, fue más optimista antes del duelo contra Colombia en Guadalajara. “Vamos a vencer”, dijo. Y no habló más.  

Los Simbas se habían estrenado con un empate por 1-1 ante Portugal, hoy potencia futbolística, otrora responsable de la trata de esclavos transatlántica. Yoane Wissa, atacante de Newcastle United, nació en Francia, como 10 de sus compañeros, pero decidió honrar a la tierra de su madre: “Ella significa todo para mí. Al igual que mi padre, hizo muchas cosas por nosotros”. Cuando convirtió el cabezazo, se besó su puño izquierdo y lo elevó al cielo: “Pensé en los millones de congoleños en todo el mundo, en los hijos de la diáspora a causa de la guerra y, por supuesto, en Zaire, en los muchachos de 1974. Se puede decir que, después de 52 años, le hemos dado al país un nuevo recuerdo". Su tanto lo gritó en la tribuna, como un hincha, el presidente Félix Tshisekedi.

Diez minutos más tarde, a los 78 de acción, Yiston Mayele anticipó al arquero Nematov tras un centro de la izquierda y, cuando la pelota infló la red, sintió la más profunda de las descargas eléctricas: corrió, abrió los brazos, se tiró de rodillas al suelo, gritó para que lo escuchasen Dios y el diablo y se tapó el rostro. Incluso en la época de árbitros-cámara, hay momentos que le corresponden a la intimidad. 

El festejo del gol de Yiston Mayele que clasificó a República Democratica del Congo a 16avos del Mundial

Mayele, uno de los seis convocados nacidos entre los límites geográficos de su patría, reemplazó al capitán Cédric Bakambu. El centrodelantero nació en Vitry-sur-Seine, al sur de la aglomeración urbana de París y a 6000 kilómetros de Kinshasa, pero se siente congoleño. Desde enero de 2025, cuando el grupo armado M23 tomó por la fuerza el control de Goma, la tercera ciudad más grande del Congo, dedicó cada gol a visibilizar con un gesto una situación que Amnistía Internacional define como “devastadora para la población civil”: la mano en la sien dice que “nos están matando a través de esta guerra” y la mano en la boca denuncia que “nadie habla de ello”. 

M23, que decretó toque de queda y les impidió a los congoleños celebrar la hazaña futbolística en la provincia de Kivu del Norte, es financiado por Ruanda y pretende el nuevo caucho y el nuevo marfil, es decir, el cobalto y el coltán, elementos para fabricar celulares y computadoras. Según un borrador de resolución del Parlamento Europeo, Congo atesora el 60% del cobalto y entre el 60% y el 80% del coltán del planeta.  Ruanda también exporta ambos bienes y, según El País, de España, “al menos 150 toneladas de coltán se exportan mensualmente y de forma fraudulenta de Congo hacia Ruanda”.

Cédric Bakambu realizó todas las divisiones formativas con Francia, pero optó por jugar para la tierra de sus padres. Bajo la bandera del Congo lleva 21 goles en 72 partidos.

El gobierno de Tshisekedi denunció que esos minerales de sangre los compra de forma ilegal ni más ni menos que Apple, la tierna manzanita. El tema está en la justicia, pero Bakambu no tiene ni una duda: “Todo el mundo es consciente de lo que pasa y mira para otro lado cuando hay miles de muertos. A todos les da igual tener un teléfono móvil”.

“Todo el mundo es consciente de lo que pasa y mira para otro lado cuando hay miles de muertos. A todos les da igual tener un teléfono móvil”.

Entre tanta lucha y entre tanto caos, Wissa clavó el tercero con un derechazo rasante desde el vértice izquierdo del área: golazo. Clasificación. Su rival en dieciseisavos de final será Inglaterra. Los europeos reglamentaron el juego, pero los africanos le dieron sentido: ¿o acaso el fútbol sirve para algo que esté fuera de la lucha y de la emoción?

Posdata: Viajé a Bélgica en 2025. Llegamos a la estación de tren de Bruselas desde Londres. Lo primero que hicimos fue tomar un Uber hacia el hotel, porque teníamos más valijas que brazos. A mí me gusta hablar con los tacheros. El tipo era español y estaba enojado. Creo que enojado con la vida. Nos contó que la capital de Bélgica, a la que recién llegábamos, era horrible. Revisé mis apuntes de viaje y el tipo mencionó que era “la estafa del siglo”: una ciudad arruinada por el populismo y por un gobierno de izquierda que habilitaba visas a cualquiera para ganar las elecciones. También nos dijo que había un barrio con gente del Congo, gente que vive del Estado, no trabaja y se va de vacaciones.

Vaya a saber qué diario lee el hombre: supongo que uno en el que explican que los inmigrantes españoles son de mayor calidad que los congoleños. Supongo que uno en el que no dicen que esa ciudad, tan fea o tan bonita —Victor Hugo, que no relataba como el uruguayo, pero que escribía como pocos, dijo que allí está la plaza más linda del mundo—, se construyó con la sangre de su colonia.


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