Una, dos, tres. Once, doce, trece. Cuarenta. Cincuenta. Setenta y siete veces Müller-Wohlfahrt pincha el espigado cuerpo de Alexander Zverev y los dolores en la espalda desaparecen. El alemán lucha durante 5 horas y 27 minutos en la semifinal del Abierto de Australia, pero pierde contra Carlos Alcaraz. Juega con normalidad hasta el Masters de Roma: otra vez molestias. Entonces, visita al doctor: vaya a saber cuántas inyecciones. Infinitas parecen pocas cuando ve reflejada su sonrisa en la Copa de los Mosqueteros.
Zverev debutó en Roland Garros en 2016. En diez ediciones ininterrumpidas, consiguió 38 victorias y un camino ascendente. El alemán alcanzó los cuartos de final en las ediciones de 2018 y 2019 y llegó a las semifinales de 2021, 2022 y 2023. La del medio fue la más despiadada: sufrió una estrepitosa caída que lo obligó a marcharse en silla de ruedas cuando competía codo a codo contra Rafael Nadal. En 2024, estuvo más cerca que nunca, tan solo a un set del campeonato, pero Carlos Alcaraz le robó la gloria. Ahora, que los ojos parecen estar por resquebrajarse de la alegría, piensa: “Tuve los peores y los mejores momentos de mi carrera en esta cancha”.
Los peores fueron muchos; los mejores, difíciles. El hamburgués llegó a París como segundo preclasificado del cuadro principal, producto de la baja de Alcaraz (padece una inflamación en la muñeca derecha). En las tres primeras rondas, superó al local Benjamin Bonzi, al checo Tomás Machac y al galo Quentin Halys (el único en quedarse con un set). A esta altura del torneo, Jannik Sinner, líder indiscutido de la ATP, había sido víctima de una ola de calor inédita y de la sapiencia del argentino Juan Manuel Cerúndolo, y Novak Djokovic, ganador de 24 Grand Slams y siempre candidato, se había derrumbado ante la potencia del brasileño Fonseca. El camino, a priori, parecía de rosas.
Luego de arrollar al neerlandés Jesper de Jong, Zverev enfrentó al español de 19 Rafael Jódar, un retador de alto riesgo. Boris Becker, compatriota de Sascha, reveló: “Cuando supo que se enfrentaba a Jódar, se estremeció un poco”. Sin embargo, el teutón celebró por 7-6, 6-1 y 6-2. Jakub Mensik fue su rival en las semifinales. El checo de 20 años, fatigado por un recorrido que demandó más horas de raquetazos, elevó su nivel en el tercer set, se lo llevó por 6-3 y exigió a su oponente. De todas formas, Zverev sabía la receta: “Él jugó muy bien por momentos. Esto es un Grand Slam, son partidos al mejor de cinco sets y estas cosas suceden”. Sin perder la calma, sacó boleto a su cuarta definición en Grandes.
El finalista se cruzó con Matteo Arnaldi en el vestuario y notó que “tenía un aspecto terrible”. El italiano, aquejado por un fuerte virus, se retiró y le otorgó el pase a la clasificación de forma directa a su coterráneo Flavio Cobolli, desde mañana número diez del mundo. Pese a la noticia, el germano opinó que la diferencia de descanso no sería un problema y bromeó: “Creo que podría jugar otro partido ahora mismo”.
La energía es sed de revancha. Antes de la caída ante Alcaraz, Sascha había sufrido la más hiriente de sus derrotas: 6-2, 6-4, 4-6- 3-6 y 6-7 ante Dominic Thiem en el último partido del US Open 2020. Mucho más lejos estuvo ante Jannik Sinner en la definición del Australian Open 2025 (3-6, 6-7 y 3-6).
Entre tantas frustraciones, Roger Federer elogió su maravillosa capacidad defensiva, pero alertó que su estrategia era demasiado “pasiva” y lo alentó a “dar un paso hacia adelante” porque “para ganar tiene que buscar algo más". El Equipo Zverev, dirigido por su padre Aleksandr e integrado por su hermano Mischa, tomó nota. “Al cierre de la temporada pasada pensamos: ‘Debemos intentar más cosas, ser más agresivos, pegar más fuerte a la pelota, subir más a menudo a la red y jugar con más variedad”, reveló Alexander.
El sol radiante saluda desde el cielo. Desde el pie de la Philippe Chatrier, Daniel Orsanic, capitán argentino del combinado campeón de la Copa Davis 2016, cuenta que la pelota pica bien alto. A Sascha eso le gusta. Y lo aprovecha: Cobolli, obligado a sacar por un sorteo desfavorable, comete una doble falta en el segundo intento. Luego, encadena errores no forzados. El game dura 13 puntos. El último es clave: Zverev, varios metros detrás de la línea de fondo, devuelve con un revés profundo y tenso, que su adversario engancha. Quiebre.
El número tres de la clasificación ATP confirma la ventaja al game siguiente (dos saques ganadores y dos saques +1) e impone un dominio abrumador. En el quinto juego, rompe el saque de su contrincante por segunda vez: Zverev engalana su habitual solidez con seis tiros ganadores. Cobolli parece inofensivo y el marcador dice 6-1.
En la segunda manga, el florentino sobrevive durante los juegos de apertura. Al sostener por segunda vez su saque, con su nivel en alza, levanta su puño y anima al público a que lo animen. Les pide un envión. Para el séptimo game, hay partido: Cobolli equiparó la velocidad de los tiros de su rival. Y no solo eso: ahora está suelto. Pasados 13 puntos -entre los que destacan dos doble faltas del alemán- Cobolli quiebra tras un drive de parábola eterna de su contrincante. El 6-4 no tarda en llegar.
El envión tano se prolonga y el amanecer del tercer set lo encuentra a Zverev confundido. El alemán perdió el tiempo de golpe y el cálculo de la distancia: algunos tiros los mide en metros, otros en varas y otros en yardas. No obstante, el servicio (jugó el 76% de los puntos con el primer saque, de los cuales ganó 73%) lo mantiene expectante en el marcador, hasta que Cobolli le abre la puerta. El italiano pasa de 30-0 a 30-40 por decisiones apresuradas y Zverev sigue su instinto: retrocede dos pasos y la pone en juego todas las veces que hacen falta para que Cobolli falle. Sin brillar, el experimentado de 29 años se lleva la tercera manga por 6-4.
Otra vez, Zverev a una manga de la gloria, tan alta que parece darle vértigo. El germano comienza el set con un par de doble faltas y dos drives que no dejaron ni una duda de que fueron malos. Cede su saque y recién igualará el marcador en el sexto game (3-3). En el séptimo, el teutón se torna incomprensible: se invierte de revés y falla una volea muy sencilla para su jerarquía. Cobolli vuelve a liderar el resultado, pero ya nada tiene lógica ni orden: Zverev hilvana tres puntos perfectos y le paga a su adversario con la misma moneda.
El duelo, con pasajes de terapia pública y calambres de ambos lados, llega al tiebreak. Allí, el italiano arriesga con un drop a sangre fría y con drive por la paralela y gana por 7-5. El estadio estalla: El sanguíneo Cobolli vs. el gélido Zverev tendrá su quinto episodio.
El italiano va al vestuario y vuelve con remera a estrenar. El alemán se queda en la arcilla: se sienta, se hidrata, se para y camina; pero no habla con nadie. Cuando arranca la hora de la verdad, se lo ve pletórico de espíritu: su partido acaba de comenzar. En una racha decisiva, con tiros más veloces que los del primer set y defensas por cada recoveco de la cancha, consigue 4 games seguidos. Entonces, Cobolli parece el menor de sus problemas. Su lucha interna es por vencerse a sí mismo y sacarse el cartel de “el mejor sin Grand Slams”.
Después de 4.15 horas, Zverev se tira al suelo y llora: ya no hay nada que guardar. El niño que fue diagnosticado con diabetes tipo 1 cumplió uno de los sueños de su vida y confirmó aquello que cantará para siempre Carlos Alberto El Indio Solari: “El que abandona no tiene premio”.