El silbatazo final hace lo imposible: hunde al joven en el sillón, cierra los ojos de la dama y pausa en seco la caminata nerviosa del tipo. Ese sonido infernal no es otra cosa que una puñalada al corazón. Es brutalmente poderoso. Es el único ruido en el planeta capaz de frenar la enjundia de un equipo que terminó el partido con las articulaciones doloridas, los músculos extenuados y el alma hecha pedazos. Pero con la frente en alto porque, como dijo Lionel Scaloni con los ojos colmados de tristeza y de dolor, y pese a haber sido superado notoriamente por un equipo español pletórico, cuesta un montón llegar hasta acá.
El debut contra Argelia y la segunda fecha contra Austria, disputada en Kansas, la ciudad en la que a Diego Maradona le cortaron las piernas, nos detuvo en el pasado. Eterna y vieja juventud la de Messi, autor de cinco goles entre ambos cotejos: un remate furibundo desde afuera del área, dos veces la especialidad de la casa -el zurdazo al primer palo del arquero- y un par de rebotes al fondo de la red que confirmaron que la ambición es lo último que se pierde.
Cabo Verde, archipiélago de diez islas cercano a la costa senegalesa de poco menos de medio millón de habitantes, orgulloso debutante, invicto tras los empates ante España, Uruguay y Arabia Saudita, le da una justificación futbolística a la voracidad verde de Gianni Infantino: acá no hay rival fácil, frase hecha y cierta. El fantástico tiro de Sidny Lopes Cabral, honor y gratitud para su remate, cuya parábola permitió primero maldecir y después putear antes de que inflara la red, hizo que los criollos duden de todo lo que creían certezas. Sin embargo, Cabral, antes de ser fichado por Trabzonspor en Turquía, fue prócer nacional. Argentina le puso el pecho y clasificó. Y a la agonía, le siguió otra aún peor.
Si Homero hubiera nacido varios siglos más tarde, quizás habría llamado Odisea al camino Albiceleste en el Mundial 2026. Y los octavos de final, con el 0-2 ante Egipto hasta el minuto 78, fueron el viaje de Ulises al infierno. Solo que el héroe ahora es Lionel Messi, que se recuesta sobre la derecha, igual que en sus inicios en Barcelona, y se jura llegar a Ítaca. Primero, el capitán anima a la tropa: centro para el cabezazo de Cristian Romero y volea inatajable. Luego, es el momento de protagonismo de los marineros: Lautaro calcula y no le erra ni un centímetro a la cabeza de Enzo Fernández, quien por no ser menos la ajustó con idéntica precisión a contrapierna del arquero. Milagro: la remontada más ajustada de la historia de los Mundiales.
Una vez más entre los ocho mejores. Allí estaban Francia, Marruecos, España, Bélgica, Noruega e Inglaterra. Nuestro rival fue Suiza. Alexis Mac Allister adelantó al combinado nacional a los diez minutos de acción gracias a un cabezazo, pero los helvéticos dominan la pelota y con una pared fugaz empatan: los roles invertidos. A las dudas, las disipa la oportuna expulsión de Breel Embolo, que aleja al juego del feudo de Emiliano Martínez y la acerca de la zona de influencia de Julián Álvarez, quien por primera vez aparece más en la cancha que en las pausas de hidratación. Con Lautaro Martínez en el área, la Araña se aleja del arco y gira varias veces hasta que en una posesión decide que es su momento: fantástico derechazo al ángulo y clasificación.
En la previa de la semifinal, todos los protagonistas acuerdan que es un partido más. Sin embargo, escasos segundos bastan para comprobar que es mucho más que una semifinal y muchísimo más que un partido. Inglaterra es el motivo y es sinónimo de las invasiones en la época colonial, la usurpación de Malvinas y la posterior guerra, con el vil hundimiento del ARA General Belgrano a la cabeza. Los británicos son también los inventores del fútbol, pero eso no les da ventaja. Con las mismas reglas, los argentinos son mejores.
Luego del gol de Anthony Gordon, el alemán Thomas Tuchel desestima ilusiones ofensivas y plantea al fútbol como el tetris: su intención es blindar su arco con gigantes que bien podrían jugar al basquet y su repliegue acerca al adversario al arco de Jordan Pickford. El planteo es un acertijo que los Lioneles interpretan mejor que nadie. El entrenador dispone el ingreso de Nicolás González y la salida de Leandro Paredes, de juego destacado, a los 64 minutos. El Diez se recuesta una vez más a la derecha. Desde allí asiste a Enzo Fernández, quien emboca un zapatazo tan bueno como su festejo desafiante de Topo Gigio, y le sirve un centro de derecha a Lautaro Martínez cuya exactitud sería difícil de conseguir para cualquier mortal que lo intente con la mano. El cabezazo del Toro y la sábana-bandera de sello ciudadano no devuelven las islas, pero llenan las plazas del país de mareas de gente y, de yapa, vale un pase a la final.
La Scaloneta cruzó el Rubicón y llegó a la Galia hecho jirones, con apenas tres días para limitar los daños de un camino de espinas y plantarle cara al mejor equipo del torneo. Los dirigidos por Luis de la Fuente juegan un fútbol que revoluciona la matemática y exhibe más variaciones de triángulos que los que se enseñan en las escuelas. Encima, su plantel, que llegó a la definición con un solo gol en contra y sin jugar ninguna prórroga, heredó una vieja práctica del tiempo colonial: el monopolio. Con Rodrigo como eje, los europeos dominaron a todos.
La expulsión de Fernández y el gol de Ferrán Torres evidencian que la suerte está echada. Pero pese a ir poco, con Nicolás Tagliafico rengueando, con el tobillo Giuliano Simeone quejoso, sin Lisandro Martínez ni Romero, Argentina no se arrodilla. Vive y sobrevive: juega y hace temblar al corazón, lo pone al borde de la taquicardia y llega hasta las más profundas de las emociones. Y entre la ilusión y la representación, casi empata. Argentina, en Estados Unidos, fue epica antes que fútbol.
En la premiación, Messi llora. Son lágrimas no deseadas, pero dulces en comparación con las que casi lo ahogan en 2016, en este mismo estadio de Nueva Jersey, donde creyó que la Selección no era para él tras perder la final de la Copa América frente a Chile. Pasó una década y ahora, tal vez, fue su último tango. Nadie lo sabe aún. Por las dudas, todos los que aprendieron algo del Indio Solari festejan: ahora hay más gente en el Obelisco de Buenos Aires que en la Plaza Colón de Madrid. Es un consuelo para el genio que ganó más que nadie, pero perdió como todos.