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Reporteros

Argentina - Inglaterra es mucho más que un partido: es la venganza del pueblo

La frase "es mucho más que fútbol" no es entendida por quienes no son futboleros hasta que se juega un partido contra los ingleses, en una causa que pareciera generar unanimidad.

Texto
Thomas Martínez
Publicado
15 de julio de 2026
Lectura
5 min de lectura
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Más de 100 años antes de la conversación de Pedro con su padre Juan, cuando un grupo de trabajadores finaliza su jornada laboral, el sol comienza a ocultarse y a uno de los muchachos se le ocurre una brillante idea: junta un par de compañeros de un lado y pone a otros del otro. Se saca las medias y las hace un bollo. Pone cuatro ramas como arcos. Lo que intenta hacer es un deporte llamado fútbol, algo que había escuchado en la fábrica de un británico algo canoso y alto que contó que jugaban eso en su país.

El muchacho de la idea sabe que se viene algo divertido. Piensa que quizás puede terminar mal, se quede sin trabajo y lo echen de su casa, pero invita a sus jefes también a jugar. Él no lo sabe. O lo sabe, pero no lo piensa: en ese preciso momento, cuando jueguen al fútbol con sus jefes, será la única oportunidad que tendrá de superarlos en algo. Y en algo que pueden jugar todos. Solo necesitaron dos medias y cuatro ramas. Nada de esos deportes que ya se jugaban en otras partes que se necesitaban pelotas de cierto tamaño, raquetas, palos especiales o hasta a veces animales como caballos.

En el barrio sobraban los descampados y al poco tiempo todos los muchachos de la fábrica empezaron a jugar entre ellos. Armaron campeonatos, jugaron empleados contra empresarios. Ganaron los empleados. Luego los empresarios. Más tarde se corrió la bola y lo empezaron a jugar en toda la ciudad. A los pocos años armaron algunos clubes. Después se dieron cuenta que se jugaba en todo el mundo y que ya se había ido de las manos. Le pusieron reglamento a nivel mundial, formalizaron la participación y hasta empezaron a pagarles por jugar.

Faltaban menos años para la conversación de Pedro con su padre Juan. Ya el fenómeno había explotado. Había una Copa del Mundo. Un morochito de metro y medio y pecho inflado, argentino, y con mucho, pero mucho potrero, la rompía toda. Nunca nadie lo había jugado como él. Y él era uno de ellos, de los hijos de los muchachos de la fábrica. Además, era rebelde. Puteaba a todos. Decía lo que no le gustaba sin tapujos. Incluso si eran más poderosos que él. Y en Argentina eso gusta. Porque ahí se igualan con los que siempre sometieron. Con dos medias y unas ramas los argentinos son iguales a los demás. Y hasta mejores.

El muchacho del descampado tampoco podía imaginar que, cien años después, un argentino iba a enfrentarse al país del británico canoso y alto que le había enseñado el juego. Hacía apenas cuatro años que ese mismo país había invadido las Islas Malvinas y había matado a cientos de argentinos. La herida seguía abierta. Y entonces apareció el morocho de pecho inflado. Primero les hizo un gol con la mano, como si les devolviera con picardía a quienes durante siglos habían escrito las reglas. Después hizo el otro. Para taparles la boca y que no discutan. El que dejó a tanto inglés en el camino. En una corrida memorable. En la jugada de todos los tiempos. El primero fue la viveza. El segundo fue demostrarles, que además de la picardía, también podía hacerlo hermoso, algo que a ellos les costaba. A los tramposos también se les podía ganar jugando mejor. 

Desde ese día, cada vez que Argentina vuelve a cruzarse con Inglaterra aparece la misma discusión. Que si es más que un partido. Que si hay que mezclar el fútbol con la política. Que si una victoria sirve de algo. Y la respuesta, probablemente, sea que no. Ningún gol devuelve las islas. Ningún futbolista representa institucionalmente a la Argentina. Esa tarea les corresponde a quienes el pueblo eligió para gobernar. Confundir una cosa con la otra es regalarle al fútbol responsabilidades que nunca pidió y aliviar a la política de las que sí tiene.

Pero tampoco sería honesto pedirle al pueblo que sienta que es un partido más. Porque el fútbol nació, justamente, para que durante un rato todos jugaran con las mismas reglas. No existen las potencias ni los países tercermundistas. Hay once contra once, una pelota y un árbitro. Es, quizás, la política más justa que inventó el hombre. La única en la que un chico nacido en Lanús o en Rosario pueda gambetear a los que vienen de los castillos. Y hasta con trampa.

Pedro apagó la televisión apenas terminó el partido con Suiza que puso a Argentina en semifinal en Estados Unidos. La próxima ronda es contra el rival de siempre: Inglaterra. Juan seguía sentado en el sillón suyo, que no es suyo, pero le pertenece por cábala. Afuera ya era de noche y el frío no impidió que una multitud saliera a festejar.

—¿Vos decís que este partido es más que un partido? —, preguntó Pedro.

Juan, su padre, tardó unos segundos en responder.

—No.

Pedro lo miró sorprendido.

—Las Malvinas no vuelven si ganamos.

—Entonces...

Juan dejó escapar una sonrisa.

—Pero tampoco está mal que durante noventa minutos sintamos que podemos jugarles de igual a igual.

Los dos volvieron a mirar atónitos la tele. Ya imaginaban los himnos, la salida de los jugadores en el túnel, la arenga del Dibu Martínez.  Todo seguía siendo igual que aquella tarde en el descampado. Dos medias hechas un bollo. Cuatro ramas clavadas en la tierra. Y un grupo de muchachos convencidos de que, aunque fuera por un rato, nadie estaba por encima de nadie y de por medio solo estaba la política más justa de todas.


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